El año 2002 fue un gran año. Ese año nacieron dos de las series que más me han impactado, y que en los últimos años me han convertido en un defensor de la ficción televisiva de calidad frente a la decadencia del cine actual (salvo honrosas excepciones). Las dos series llegaron a la vez en el año 2002 y ambas son policíacas, pero bajo diferente prisma alcanzaron la excelencia: estoy hablando de The Wire y The Shield.
The Wire, palabras mayores. La para muchos, mejor serie de todos los tiempos, constituyó junto con Deadwood, mi catarsis televisiva. Me acerqué a ellas tras oír maravillas del crítico Carlos Boyero (que aunque sea un poco gilipollas suele coincidir en mis gustos), y quedé fascinado. A The Wire hay que darle unos capítulos de margen para que te atrape, pero acabas la primera temporada deslumbrado. Con un ritmo pausado, describe el trabajo policial y de los delincuentes con precisión, como nunca habíamos visto hasta la fecha. No son los típicos capítulos de series policíacas, donde cada uno es independiente del siguiente y las ideas se agotan pronto. Con minuciosidad conocemos las mezquindades de la burocracia policial, política, de la prensa y del sistema educativo, donde en muchas ocasiones sus protagonistas son tanto o más mezquinos como los criminales contra los que intentan combatir.
The Wire, palabras mayores. La para muchos, mejor serie de todos los tiempos, constituyó junto con Deadwood, mi catarsis televisiva. Me acerqué a ellas tras oír maravillas del crítico Carlos Boyero (que aunque sea un poco gilipollas suele coincidir en mis gustos), y quedé fascinado. A The Wire hay que darle unos capítulos de margen para que te atrape, pero acabas la primera temporada deslumbrado. Con un ritmo pausado, describe el trabajo policial y de los delincuentes con precisión, como nunca habíamos visto hasta la fecha. No son los típicos capítulos de series policíacas, donde cada uno es independiente del siguiente y las ideas se agotan pronto. Con minuciosidad conocemos las mezquindades de la burocracia policial, política, de la prensa y del sistema educativo, donde en muchas ocasiones sus protagonistas son tanto o más mezquinos como los criminales contra los que intentan combatir.
The Wire va desarrollando todos sus personajes convirtiéndolos en inolvidables, desde el desastroso y tenaz McNulty, el meticuloso y sabio Lester Freamon, el asombroso homosexual delincuente que paraliza el tiempo cada vez que entra en escena, Omar Little, y sobre todo el gran Stringer Bell. Desde el primer momento nos cautivó el narcotraficante con la impresionante planta de Idris Elba (grande el inglés hablando la jerga de los narcotraficantes de Baltimore) dando vida a Stringer Bell, que lleva su negocio como si se tratara de un empresa de Wall Street, acudiendo a la Universidad de Business Administration para obtener los conocimientos necesarios para gestionar el imperio del narcotráfico en Baltimore.
The Shield es testosterona pura, al más puro estilo Michael Mann. Si The Wire es una obra coral, The Shield no se entiende sin Vic Mackey. Michael Chiklis se transforma física y mentalmente en la magnética y brutal figura del corrupto jefe de la tropa de asalto de una comisaría del conflictivo barrio de Farmington, en Los Angeles. En este caso, desde el impresionante capítulo piloto, la serie te atrapa y mantiene un ritmo frenético en la espiral destructiva de su protagonista, al que amas y odias a partes iguales. Si piensas que la idea se va a agotar pronto te equivocas, y cuando Vic sale de un charco, se mete en otro más grande aún.
Ambas series han entrado por derecho propio en el top de series inolvidables, sobre todo por transformar y revolucionar un género en el que parecía que todo estaba inventado y era previsible. Gracias David Simon y Shawn Ryan. Envidio a los que todavía no hayan disfrutado de ellas.













